Cuando empezó su trabajo en su país no la apreciaban porque era demasiado brasileña pero no lo suficiente, demasiado decorativa pero sin terminar de serlo, demasiado, le decían. La cosa es que es demasiado buena, si es que en esto se puede ser demasiado.

Love, 2007

Fue Richard Amstrong, director del Guggenheim de NYC,  el que le dio el espaldarazo -o la patada- para que su obra estallara como los colores de su pintura en el exterior.  Y como siempre, los que no apreciaban su explosión de color y belleza callaron unos segundos y empezaron los halagos.

O cravo e a rosa

Hoy Beatriz Milhazes (Río de Janeiro, 1960) es una de las artistas brasileñas más cotizadas y reconocidas de su generación y de su país. Pequeña revancha de una chica a la que le gustan mucho los colores y que alguna vez no temió declarar: “No le tengo ningún miedo a la belleza” ni, como se ve en su obra, a los cócteles  rosa  con turquesa, verde con naranja y que, sin embargo, dice sentirse pariente de Malevich y su cuadrado negro. Lo que hizo fue un procedimiento inverso: desterró la oscuridad y la llenó de luces coloridas.

Os pares, 1999

Ella no quería ser rarita, ni situacionista, ni producir obras que no generasen un impacto aún en la incomprensión de sus formas. Lo de la belleza lo dijo en ocasión de su muestra Beleza Pura, en 2006, cuando tomó el nombre para su exhibición de un hit de Caetano Veloso.

O magico, 2001

Dice también que su trabajo es resultado de una “intensa lucha entre la figuración barroca y el constructivismo riguroso”. En 2003 representó a su país en la Bienal de Venecia y ahora llega a Buenos Aires, donde a partir del viernes podrá apreciarse su obra laboriosa en la sala 5 del segundo piso del Malba en su retrospectiva llamada Panamericano curada por Fredèric Paul.

Milhazes por Tom Fecht ©,  Cortesía de la Fundación Beyeler 

Lo de “laboriosa” no es un adjetivo puesto al azar. Su técnica de trabajo es tan curiosa como imperceptible. Dice Paul que “pone a punto una técnica de prórrogas sucesivas, cercana a la calcomanía, en la que cada motivo y capa de color intervienen de modo separado, para conferirles a los cuadros su estructura, su sintaxis y su vibración particular.  Son trasladados a la tela por collages sucesivos de fragmentos pintados con anterioridad sobre hojas de plástico transparente, que  ubica y ensambla con extrema precisión antes de fijarlos definitivamente a la totalidad en expansión que el cuadro representa”.  Es una obra para mirar despacio.

Paisagem carioca, 2000

Oswal de Andrade en su Manifiesto caníbal había dicho allá por 1928: ” en vez de alejar lo extranjero, cometelo”. Y muchos tapices y pliegues después Milhazes lleva adelante la consigna. Dice de ella misma: “Soy una artista abstracta y hablo en un lenguaje internacional pero mi interés se encuentra en las cosas y en las conductas que solo se pueden encontrar en Brasil”.

De este modo, su tensión no sólo está entre la abstracción y la figuración sino también entre lo local y lo global.

¿Será Beatriz la primera artista declaradamente glocal?