El artista alemán Peter Zimmermann, perteneciente a la corriente abstracta, expone actualmente en el Museum für Neue Kunst de su ciudad natal, Freiburg,  una muestra donde entrelaza la tradición clásica con la experimentación. Según la crítica Pilar Ribal, “cuando se conocen los procesos que dan lugar a la obra pictórica de Peter Zimmermann (Alemania, 1956), no sorprende que sea considerada como una de las aportaciones más destacadas a la abstracción internacional. Tanto por su poderosa presencia estética y su carácter evocativo como por su tratamiento conceptual, basado en la indagación de las posibilidades del arte digital con la pintura “de lienzo”, la obra de Zimmermann es paradigmática del arte actual. Acertadamente denominadas “metapinturas” y “pinturas de superficie”, estas obras cuyos brillantes colores parecen haberse derramado sobre el lienzo siguiendo un procedimiento tan perfecto como aparentemente azaroso, ejemplifican la fascinación contemporánea por esa realidad múltiple, fragmentaria y a menudo subjetiva que fluye simultáneamente a través de tantos canales… esa realidad de la que, a menudo, sólo nos quedan fogonazos visuales”.

Conocido por la aplicación de su particular paleta que declina distintas variedades de azul, la instalación expuesta consiste en una serie de pinturas incrustadas en paredes blancas donde el visitante se mimetiza entre las paredes y los suelos brillantes.

La instalación completa ocupa 425 metros cuadrados y se llama, Freiburg School, aludiendo a la formación y al derrotero del artista alemán.

Zimmermann empezó coleccionando y combinando imágenes de todo tipo siguiendo un sencillo sistema de búsqueda nominal en Internet. Una imagen “corrompida” le sirvió para iniciar su andadura en esa psicodélica pintura de resinas epoxídicas. Años después de aquel episodio, siguen siendo imágenes aleatorias manipuladas y proyectadas sobre el rectángulo la base sobre la que Peter Zimmermann amplía su juego truculento de las apariencias y lo lleva hasta los dominios de ese espacio virtual, íntimo y personal, donde la forma ya no es objeto, ni vínculo, ni siquiera representación, sino un sorprendente mecanismo para activar nuestra comprensión de esas sensaciones huidizas a las que tal vez quisiéramos haber dado un nombre.

 

Via The Cool Hunter. Agradecemos a Marcelo Flaibani.