El miércoles 20 el Museo de Arte Moderno de Buenos Aires vivió una fiesta. Ese día se inauguró la muestra Sergio Avello: joven profesional multipropósito, la primera exposición panorámica de Sergio Avello en un museo. Asistieron casi con asistencia completa una gran cantidad de amigos y conocidos que Avello, DJ, escenógrafo y criatura de la noche, supo conquistar a lo largo de su esplendorosa vida.

La inmensa muestra cuenta con una selección de pinturas, obras lumínicas, objetos, música, documentos de época y registros audiovisuales.

La exposición curada por Sofía Dourron –coordinadora de Curaduría del Moderno– comprende el recorrido de Avello como artista, y también da cuenta de un universo mayor del que formó parte: la música, la noche y los amigos que dinamizaron su práctica artística desplegada en fiestas, muestras y recitales.

Como explica la curadora en el catálogo que acompaña la exposición, Avello se inscribe en una práctica que asume como propios los materiales y motivos asociados hasta ese momento a lo decorativo. Siempre nómade, Avello tuvo el cobijo de amigos y una infinidad de talleres. Sus pertenencias entraban en un pequeño maletín que trasladaba consigo. “El movimiento incesante fue una estrategia de supervivencia que se convirtió en modo de estar en el mundo y forma de trabajo: su obra hizo de los formatos transportables un culto”, sostiene la curadora.

En los ochenta, la práctica de Avello se distinguía de los otros artistas del under, sus gestos mínimos y despojados buscaron evocar una idea de belleza fundada en una percepción despreocupada de la realidad. “Cada obra es un estímulo a los sentidos, parte de una atmósfera liviana que no debe ser confundida con inocencia ni frivolidad. Efectivamente, sus pinturas son un acto de percepción, como mirar el cielo”, afirma Dourron.

En su pródiga dispersión, Avello dejó un cuerpo de obra relativamente escaso. La exposición presenta el itinerario de alguien que en vida fue un artista de culto y a la vez un módico e involuntario pionero del redescubrimiento local del abstraccionismo geométrico que fue una de las señas locales del arte de los años noventa. Avello buscaba siempre lo nuevo, lo último, en la música, en las fiestas y en la vida. A comienzos de la década del noventa creó sus cajas de luz: estructuras compuestas por una caja de madera, un aparato lumínico y una cubierta de color diseñada digitalmente e impresa sobre acrílico. Su vida también incluía su trabajo como montajista, las ambientaciones en discotecas, las fiestas, la noche.

A comienzos de los 2000, la abstracción lúdica de Avello se desplazó hacia los símbolos patrios. La crisis que atravesó el país en 2001 resonó en muchos artistas como un llamado a la acción. Avello, como siempre, optó por la vía tangencial: trasladó sus planos de color a las banderas de Argentina y Estados Unidos. La bandera argentina se repite una y otra vez, en cuero, en corderito, en esmalte, en tubos de luz. Sus banderas muestran el singular tono del artista, cuyo compromiso político fue siempre elusivo, aunque nunca indiferente.

La exposición es acompañada por un catálogo con textos de Sofía Dourron, María Moreno y Pablo Schanton, y una selección de obras, documentos y registros fotográficos de muestras, fiestas y ambientaciones que dan cuenta de las múltiples facetas de Avello.

MAMBA. Avenida San Juan 350, de martes a viernes de 11 a 19. Sábados,
domingos y feriados de 11 a 20. Entrada general: $30. Martes: gratis.