No es una venta. Al menos no lo planteamos así. Si se tratase de una venta se haría por los cauces habituales y estaría sujeta a todo a lo que es el sistema de mercado general, que entiende que todo es oferta y demanda, y que todo tiene que llevar una plusvalía y unos requisitos de rentabilidad.

Monsters for Animals no funciona así. Yo hago unos dibujos y se los regalo a las personas que quieran contribuir a beneficiar a estos lugares que tanta ayuda económica necesitan. No existe otro retorno para Monsters for Animals más allá de la satisfacción de haber contribuido a generar este movimiento de energía a través de donaciones.

Este mundo tiene una normas muy claras en su funcionamiento y lo primero que intenta es arrinconar o cuestionar siempre cualquier acción altruista, cuando, sin embargo, el altruismo es un sentimiento general innato que da sentido a que seamos algo más que materia o intereses varios.

La web  monstersforanimals.es se abrió hace solo dos semanas con el objetivo de conseguir 500 donativos, de 25 o 50 euros. Donativos que se hacen directamente a las protectoras, santuarios o refugios, por lo que no se pierde ni un solo céntimo por el camino. No vendemos nada, lo que hacemos es dar en adopción para siempre el dibujo que la persona que colabora ha elegido. Es muy sencillo y la respuesta está siendo desbordante. A día de hoy ya se han adoptado más de la mitad por todo tipo de personas e incluso una gran empresa, Patatas Meléndez, nos ha encargado 250 dibujos específicos para hacer a sus clientes principales un regalo de Navidad absolutamente solidario. Es lo que buscábamos: que la gente entienda que el regalo es algo más que un objeto y que el que recibe algo en estos días, en el que ya asumimos esta práctica casi como necesaria, sienta que es algo especial y cargado de valores. En este sentido el que regala un dibujo de Monsters for Animals está ofreciendo solidaridad con nuestros hermanos animales al mismo tiempo que se está comprometiendo con la causa y haciéndola visible.

Monsters for Animals nace principalmente de dos experiencias. En 2009 fui comisario de La Noche en Blanco en Madrid. Era una época en la que el gobierno y la prensa, es decir, todos los gobiernos, repetían hasta la saciedad que como sociedad económica estábamos enfermos y que el síntoma era la crisis que nos iba a asolar. Fue una crisis real, pero antes que real fue una crisis inducida, planificada para salvar un sistema que necesitaba, como hemos visto, rehacerse para surgir más fuerte. Por entonces mucha gente decía que esa crisis nos haría más libres y puros, pues descubriríamos que el dinero no lo es todo y sabríamos recobrar valores esenciales para ser más felices. Un cambio de mentalidad menos materialista que, sin embargo, hoy sabemos que fue una trampa.

Cuando me planteé aquella celebración consideré que lo mejor era ofrecer guiños desde otra óptica, ya que la vía unívoca del capitalismo era lo que no se planteaba de ninguna manera. Titulamos a aquella Noche en Blanco ‘El Regalo’, recurriendo a la escuela francesa de Mauss, el filósofo que teorizó sobre el cambio de paradigma para el mundo que supondría vivir con otros conceptos de trabajo, beneficio, plusvalía, etc. El regalo en sí, el concepto de regalo, destruye todas las reglas del materialismo filosófico y replantea un salto mucho más allá del que proponía el comunismo. Las cosas en sí no tienen valor, solo lo adquieren en el momento en que aceptamos que se lo otorga algo abstracto como es el dinero.

Por otra parte, hace cinco años, tras una experiencia pésima con el mundo de la edición, decidí autopublicarme una novela que quería mimar y alejar del control de la distribución, la competitividad y la perversión del mundo editorial. Como no tenía que demostrar nada ni buscaba más rentabilidad que cubrir los gastos de la edición, me propuse venderla yo mismo a través de diferentes convocatorias que lanzaba por la red. Quien se acercaba a comprarme una novela, que costaba 20 euros, debía charlar conmigo, estar enfrente, y en ese encuentro yo intervenía la portada con una pintura que hacía con unos acrílicos. Era un ejercicio absolutamente intuitivo y planteado como un juego. La experiencia fue fascinante, pues como escritor pude entablar relación con todas y cada una de las personas que querían acceder a la historia que yo contaba. Pinté 500 libros, uno a uno, y de la misma forma charlé con esas 500 personas a quienes vendía o regalaba el libro.

Con ello descubrí que, a pesar de la unidireccionalidad de la industria editorial, y en general de todo tipo de industria, podemos hacer las cosas de otra manera, podemos romper los moldes y ser cada uno nuestra propia editorial, nuestra propia galería, incluso nuestro propio restaurante. El mundo se opone a eso, ya que con ello pierde el control de los individuos. Eso sí, hay que estar ajeno al mercado y jugar fuera de él, entendiendo que lo que realizas no son ventas sino intercambios u otro tipo de acciones.

La experiencia de La tormenta, título de esa novela, me enseño también que todos deseamos tener cosas propias y participar de espacios en los que contemos como individuos, ser tratados uno a uno y no como público general. Es algo que contaba además dentro de la novela, por lo que el juego era también parte de esa historia que había escrito. Realizando aquellas 500 portadas desperté definitivamente al niño que pintaba felizmente, sin importarle otra cosa más que la propia acción de pintar y la comunicación que establecería con sus cercanos. Es una libertad de expresión pura que el sistema educativo castra a la mayoría de niños una vez que van creciendo. ¿Hay algún niño que pinte mal? ¿Por qué la mayoría de las personas adultas dice que no sabe pintar? Ahí está una de las claves para entender el control y la anulación de la fuerza individual que necesita este sistema para funcionar de la forma que ha establecido. Si todos pintamos de niños, si todos contamos historias, si todos soñamos, ¿qué hace que cuando crecemos la mayoría no sepamos escribir historias ni pintar dibujos? La clave está en recuperar el sentido de hacer sin esperar de ello ser otra cosa que lo inmediato y cercano.

Yo ahora pinto e incluso pinto todos los días y mucho, pero no por eso me defino como pintor o artista. Escribo, he escrito varias novelas, y no por eso soy un escritor o un novelista. Las categorías oprimen, se generan a través de unos parámetros durísimos que, sin embargo, cada uno de nosotros puede destruir simplemente con la actitud de no creérselos. El mundo es Matrix y está en nosotros creernos o no las estructuras que portan las normas. Cuando uno descubre o siente eso, todo se abre en posibilidades, mientras se derrumban otro tipo de cosas, deseos impuestos que al final uno descubre que poco tenían que ver consigo mismo.

Así, de la reflexión de ambas experiencias, La Noche en Blanco de 2009 en Madrid y la autoedición de La tormenta, nacen muchas cosas que me hacen evolucionar, al experimentar la deconstrucción de las normas del mundo y sentir por primera vez en mi vida, ya entonces con 45 años, que pensaba por mí mismo. Aunque era vegetariano, me di cuenta que la causa animal necesita de una mayor radicalidad y posicionamiento para tener sentido, y di el paso al veganismo, que siempre defino como el paso más bello y fundamental en mi vida. El veganismo tiene muchas aristas y todas se contraponen al mundo atroz que tiene a la naturaleza como su gran víctima, y dentro de ella, de una manera masiva, a los animales no humanos y a buena parte de los animales humanos.

Mi objetivo era llevar esta reflexión al espacio de mi trabajo, que es la esfera del arte. De ahí, gracias a toparme con las personas indicadas, nació Capital Animal, y ahora, a nivel particular, Monsters for Animals. Lo de monstruos viene por la alteración de los rostros que empecé haciendo sobre las pruebas de imprenta de un libro de fotografía de retratos que edité junto con Cristian Rodríguez Agudelo, que es quien ha creado la web y la logística de todo esto. Los rostros quedaban tan desfigurados que empezamos a llamarles monstruos, pero con la simpatía de entender que eran siempre positivos y que no infundían miedo; de hecho, la mayor parte de ellos tienen un aspecto muy tierno para mucha gente.

En este juego de pintar, mi referente de libertad y amor a desenvolverme con las manos y generar imágenes es Enrique Marty, el artista que tantas veces en mi vida he comisariado y junto a quien hace ya quince años empecé a pintar en su estudio. Como por entonces las manos estaban agarrotadas por aquel pensamiento de imposibilidad de la castración creativa plástica infantil, él me enseñó a mover los pinceles y a descubrir cosas tan sencillas como hacer cabellos que en unos instantes convertían cualquier rostro en un hombre lobo. Pintar, en nuestro país, es algo que está mal visto desde las estructuras de poder. Contra la pintura, como expresión artística, existe enquistado un posicionamiento radical que la anula como práctica de pensamiento. Es algo que me repele tanto como la negación que algunos desde el mundo de la pintura mantienen contra otro tipo de prácticas artísticas menos formalistas.

Monsters for Animals es para mí un juego, pero es también un espacio de reflexión constante que, como gestor y comisario de arte contemporáneo, yo realizo en un espacio que inicialmente no me corresponde. En este sentido, es una afrenta, pero una afrenta de libertad, que intento vincular absolutamente a la causa animal, pues es la que considero más urgente y dramática en este mundo.

Lo que pinto son esencialmente rostros sobre imágenes anónimas o rehago escenas sobre otras de grandes de la fotografía que admiro, como Chambi, August Sander, Vanessa Winship, Humberto Rivas, Alvaro Villarrubia… Todo es un juego y los personajes representados originalmente se transforman en otra cosa, algo que he denominado Monstruos pero que son monstruos buenos, monstruos mejores que los humanos de los que parten.

Empecé hace dos años para ayudar al arranque de la protectora Animal Rescue España, con la que sigo muy comprometido. Quienes salvan vidas, quienes están en primera línea, son los verdaderos héroes de la causa animal y siempre he considerado que el resto de personas, hagamos el trabajo que hagamos por la causa, siempre debemos apoyarlos al máximo. Los verdaderos activistas son los que están en el barro, aquellos cuya vida es ante todo entrega por esta causa. Vivimos en un país absolutamente indigno ante la causa animal. Un país que no solo conserva sino que financia públicamente la aberración de torturar y asesinar por placer a seres vivos tan magníficos como son los toros. Un país vergonzoso que sigue abandonando en carreteras o tirando a pozos a miles de perros todos los años, un país ciego ante el dolor de tantos inocentes. Es por eso que quienes rompen con la vía unívoca del mundo y se detienen y viran su vida para salvar a los demás merecen todo el respeto y ayuda de quienes nos consideramos animalistas.

Monsters for Animals está dedicado a ellos. Son dibujos que quieren transformarse en energía para alimentos, operaciones o cualquier ayuda que precisen esos espacios que luchan con la mayor de las humildades contra la aberración de un mundo que se ensaña con los más débiles. Y estas son las seis protectoras, santuarios o refugios a los que en esta primera edición queremos ayudar:  Animal Rescue España (Madrid), Asociación Las Nieves (Madrid),  Refugio de Sori (Hellín), Protectora Lacua (Alzira),  Protectora Angelitos Vagabundos (Almería) y  Santuario El Campito-Salvando Peludos (Madrid).

Con Monsters for Animals intento por otra parte lanzar un mensaje al mundo del arte en el que trabajo, un mundo donde el mercantilismo se ha impuesto como norma básica. En los treinta años que llevo trabajando en el sector he ido observando cómo la deriva del arte se ha aferrado cada vez más fuerte a los valores más atroces del sistema capitalista, al mismo tiempo que se han ido desactivando los relatos y los mensajes de las propias obras ante un ámbito donde los gritos ya apenas tienen voz y se quedan en puros gestos que se transforman en decoración para los espacios de las grandes fortunas del mundo o para el álbum de cromos de las grandes instituciones, tanto públicas como privadas. Apelo al filósofo austriaco Ernst Fischer, quien escribió en los años cincuenta La necesidad del arte, un ensayo hoy más vivo que nunca, ahora que tenemos que intentar rescatar al arte de ese maremágnum de vanidad, ostentación, dólares y poder.

Fischer escarba en los orígenes del arte y descubre de una manera clara cómo el origen del arte está en lo mágico y chamánico, y reflexiona sobre el sentido de ofrenda, de entrega, de regalo que hay implícito en su esencia siempre. El mundo nos dice que el arte es mercancía. El Olimpo del arte lo rigen dioses poderosos, vanidosos, pero sobre todo dioses amorales. Allí están Damien Hirst, allí Jeff Koons, que son la gran trampa impuesta ante la que sucumben los miserables. La mayoría de las noticias artísticas que lanzan los medios de comunicación son los altos precios, los récords de las subastas o los eventos de mercado tipo ARCO en España, cuando el arte es todo lo contrario: el arte, el verdadero, es todo menos mercantilismo; el arte, en su esencia más profunda, es entrega, comunicación a través del propio acto de dar altruistamente, a través de su dimensión no material. El arte en el que creo es el que no abandona el sueño de cambiar el mundo y participa activamente en su cambio, sea desde el ámbito convencional o desde otros espacios no considerados artísticos a priori.

Con el proyecto Monsters for Animals mi gran prioridad es incentivar las donaciones para las protectoras y gritar la urgencia constante de estos espacios de salvación animal, pero al mismo tiempo intento demostrar que podemos hacer las cosas de formas diferentes, con valores diferentes a los que parecen obligarnos cuando decidimos lanzarnos a cualquier tipo de empresa. Desearía, de este modo, que pudiese servir de ejemplo a otras personas con herramientas diferentes, o incluso con las mismas, que quieran indagar sus propios espacios de posibilidad.

Todo al final para mí se genera desde la misma conclusión, que no es otra que la de posicionarme ante lo establecido desde el yo, desde el individuo que todos somos, para reformular una sociedad injusta, sea mirada desde el punto de vista que se mire, una sociedad donde nosotros mismos somos víctimas, pero infinitamente más lo son nuestros iguales: el resto de animales, los animales no humanos. Mientras no resolvamos su causa, mientras el mundo prefiera seguir ciego ante este drama infinito, no vamos a saber resolver nunca la nuestra. Es una teoría de cuerdas, de vasos comunicantes. Todo está comunicado, y en esa conexión hay una interferencia imposible de obviar: el insondable sufrimiento que reposa sobre una estructura que todos sabemos que es insostenible y que además sentimos que está a punto de derrumbarse definitivamente.

Fuente el diario.es