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Dolores de Argentina y la construcción del vacío

Ya se habló mucho del asunto. Resumiendo: La artista cordobesa expone en el Museo Caraffa de Córdoba en tres salas. Las salas están vacías. Las paredes más blancas que nunca con la reconstrucción de la planta original. Paredes impecables pintadas para la ocasión y todas las luces reparadas. La artista trabajó como una arqueóloga para armar esa sensación de vacío que al principio puede parecer anodina pero que a los pocos minutos perturba,  es un espejo. Sacude como cualquier obra potente a la que se le otorga tiempo de observación. Luego no queda otro camino atravesar la pared en la persistencia de la mirada y puede haber más incomodidad, un reflejo duro, un dolor que no encuentra lugar en el cuerpo. La puesta tiene lugar en Córdoba ciudad, en este país, en este año. Lo que está por fuera de la obra, su contexto, es lo que le otorga el más contundente significado. La obra se mira desde ese espacio. No está en EE.UU, ni en Alemania ni en los Emiratos Arabes. Allí el vacío sería otra cosa. La construcción de la artista es laboriosa y compleja. Dice: “Es la puesta en escena de una idea”.

Es notable el respeto del público hacia el vacío. La experiencia hasta ahora es contemplativa. Sólo un espectador se desnudó. Nadie ensució alguna pared, ni escupió, ni grafitteó. Como que el vacío es la autoridad suprema ante la que no se puede más que observar y enredarse. Dice Dolores de Argentina: “Una exposicion no debe tratar de tomar el poder sobre los espectadores sino proporcionar recursos que incrementen la potencia del pensamiento. Es exponer una idea”. Y luego agrega: “Un museo es un aparato de poder y una expoisicion una maquina de guerra, un dispositivo al lado de la potencia”. La artista sigue una tradición de vacíos varios, todos distintos.

Así es. No es la primera vez en la historia del arte que un artista presenta una sala vacía. En 2009 el Centro Pompidou hizo una retrospectiva llamada Vides (Vacíos) donde exponía todas las obras que lo habían intentado diseñar.

Esto se leía por entonces en el diario El Mundo de España:

“El vacío se eleva a la categoría de arte. Nada que contemplar, nada que admirar. Y sin embargo, arte, al menos en su vertiente de significado e historia. Ésta es la apuesta, acaso arriesgada, del Centro Pompidou, que hasta el próximo 25 de marzo expone ‘Vides’ (‘Vacíos’), una retrospectiva de muestras vacías cuya génesis es una exhibición de Yves Klein en 1958.

El museo parisino reúne exposiciones que no han mostrado nada, dejando vacío el espacio para el que se habían previsto. Y había suficiente material para montar una retrospectiva, porque aunque suene absurda y transgresora, la idea ha sido recurrente en la Historia del arte contemporáneo, hasta el punto de haberse convertido en una especie de cliché.

Yves Klein abrió la veda con una exhibición que llevaba el rimbombante título de ‘La especialización de la sensibilidad en su estado puro’. Fue en 1958 en la galería Iris Clert de París. Desde entonces, se han sucedido diferentes exposiciones completamente diáfanas, cada una de ellas afirmando diferentes concepciones del vacío.

Si para Klein es un medio para señalar el estado sensible, para Robert Barry representa el apogeo del arte conceptual y minimalista.

El vacío puede asimismo erigirse en expresión del deseo de vaciar una institución para modificar nuestra experiencia, como hizo en su obra el artista Stanley Brouwn. La nada traduce también la voluntad de vivir la experiencia de las cualidades de un lugar de exposición, un sentimiento que inspiró a creadores como Robert Irwin o Maria Nordman. El vacío es también radicalismo, tal y como lo concibió Laurie Parsons, quien anunciaba con su obra su renuncia a cualquier práctica artística.

Para Bethan Huws, el vacío permite celebrar la arquitectura del museo, enfatizando que el arte ya está presente y que no es necesario añadir obras de arte. Roman Ondak utilizaba el vacío para jugar con el espectador, sugiriéndole que había más de lo que podía verse en realidad. En el caso de Maria Eichhorn, el vacío asume el sentido de una reivindicación económica: dejando su exposición vacía en la Kunsthalle Bern en 2001, se ahorró dinero suficiente para renovar los fondos de la galería.

Todas esas concepciones del vacío, tan distintas e irremediablemente idénticas, confluyen ahora en las diez salas del Centro Pompidou habilitadas para una exposición original e introspectiva. Salas desnudas, privadas de cualquier ornamento, salvo el simple panel que recuerda al visitante las raíces del vacío expuesto. Un recordatorio que ayudará a comprender que el vacío no es invisible, no es carencia, no es negación”.

Eso: el vacío no es invisible, no es falta y quizá tampoco sea negación: es la construcción más difícil de un fracaso

rotundo. En este caso de una sociedad que se ensordece y para la que el vacío junto al silencio se presentan como desafío.  Porque esta obra es política y personal y es consecuente con la trayectoria de Dolores. Y es la obra de una mujer, de una señora paquete de la conservadora Córdoba. Ningún detalle.  Dolores de Argentina remata: “Me gusta decir que en la mesa de negociacion de la identidad de epoca yo no estaba en los planes de nadie”. Para algunos, algo imperdonable.

 

Sobre el autor

Cristina Civale

Cristina Civale