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Kiefer y el luto que no cesa

Por Alex Vicente para El País ©

Anselm Kiefer creció sin juguetes. Lo que más se le parecía eran los ladrillos que encontró entre las ruinas que la guerra había dejado alrededor de su casa. Su fecha y lugar de nacimiento le predestinaban a pasar media vida indagando en el periodo que precedió su llegada al mundo. El artista alemán nació a dos meses del final de la Segunda Guerra Mundial, en 1945, en el sótano de un hospital sobre el que caían las bombas, en una pequeña ciudad enclavada entre la Selva Negra y el lago Constanza.

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Kiefer creció entre los escombros de una Alemania derrotada, donde el nazismo seguía siendo un tabú mayúsculo y el arte parecía una actividad fútil e infructífera. Mientras otros creadores apostaban por la abstracción o el minimalismo para reflejar el desconcierto que vivían, Kiefer prefirió una figuración expresionista y turbulenta, plasmada en una obra teñida de luto y melancolía. Una nueva retrospectiva en el Centro Pompidou, de París, indaga hasta el 18 de abril en los efectos que ese funesto y traumático episodio terminaría provocando en la obra de este titán del arte contemporáneo, a través de una revisión cronológica de 150 de sus obras, todas ellas monumentales y perturbadoras. El recorrido revela los fantasmas de este hombre de aspecto tranquilo y risueño, pero agitado por la bilis negra que hierve en la sangre de los románticos.

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Antes de iniciarse en la pintura, Kiefer debutó con Besetzungen (Ocupaciones), una serie fotográfica realizada a finales de los sesenta como proyecto final de carrera, en la que parodiaba el saludo hitleriano vistiendo el uniforme militar de su padre en distintos puntos de Francia, Suiza e Italia. Su novia de juventud sujetaba la cámara. Él temblaba de los nervios. “El ocultamiento había durado 25 años. Había llegado la hora de que terminara”, ha dicho Kiefer, quien oyó hablar por primera vez del nazismo gracias a un programa educativo estadounidense. Desde entonces, se centraría en examinar los hechos acontecidos en su país entre 1933 y 1945, a través de paisajes siniestros y agrietados con los que ha intentado exorcizar sus fantasmas, fracasando una y otra vez.

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En la exposición parisina ocupan un lugar protagonista los lienzos de los años 70 y 80, poblados por hombres solitarios perdidos en el bosque o tumbados en el suelo, abatidos por el peso de la historia. Se distinguen arboledas en llamas, playas desiertas y ciudades calcinadas, que configuran un inventario de devastados panoramas de la posguerra europea. “Las ruinas son un concepto fundamental en la obra de Kiefer. Lo son como motivo pictórico, pero también en su propia forma de pintar, marcada por una tensión constante entre la creación y la destrucción”, afirma el comisario Jean-Michel Bouhours. “Kiefer clava cuchillos y machetes en sus lienzos y luego les arroja distintos materiales, como arena, cenizas y plomo, como si estuviera librando un combate cuerpo a cuerpo contra el cuadro”.

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El propio artista confirma esta versión de los hechos. “Cuando pinto, se libra una guerra en mi cabeza”, ha declarado.En una de las salas sobresale Wege der Weltweisheit (Caminos de la sabiduría mundial), descomunal galería que recoge los rostros de los grandes intelectuales, poetas y líderes políticos de la historia alemana. En el centro aparece Arminio, el líder de la batalla que liberó a las tribus germanas del Imperio Romano. En el siglo XIX, en el camino que condujo hacia la unificación alemana, Arminio fue convertido por los nacionalistas en héroe libertador de la patria, antes de ser utilizado también por la propaganda hitleriana. Kiefer recorre la genealogía del mal fundiendo en un mismo lienzo a personajes como Hölderlin, Von Kleist o Heidegger, el gran filósofo que terminaría militando en el partido nacionalsocialista.

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“Kiefer habla de cómo el Heimat —ese concepto intraducible que define a la patria para los alemanes, e incluye también la lengua y la cultura— quedó contaminado por el nacionalismo y el totalitarismo. Kiefer sabe que solo puede expresarse a través de su cultura y, a la vez, que se ha convertido en algo peligroso, por el uso que algunos hicieron de ella en el pasado y que otros podrían reproducir en el futuro”, analiza Bouhous.Pero en esta obra recorrida por las sombras de la historia y el sentimiento de culpa heredado de sus ancestros no todo es angustia y desamparo. También se detecta una firme voluntad de reconectar con la vida y alcanzar la redención, a través de los saberes espirituales y las raíces mitológicas del continente, además de la reivindicación de la cultura judía, del estudio de la Cábala y la filosofía del Talmud, descubiertos durante un viaje a Israel en los ochenta.La poesía romántica y simbolista no son ajenas a ese empeño.

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En una de las últimas salas figuran dos cuadros coloristas inspirados en los textos de Baudelaire y Rimbaud, cuyos “campos luminosos” y “ríos cantarines” parecen responder más a una percepción alterada y casi psicotrópica de la realidad que a un optimismo repentino. “Baudelaire le influye con los poemas de Las flores del mal, un título que ya lo dice todo, mientras que Rimbaud inspiró su cuadro El durmiente del valle, cuyos acentos bucólicos no logran esconder que está hablando de la muerte de un joven soldado”, analiza el comisario. “En realidad, en la obra de Kiefer, el luto nunca termina del todo”.

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