Discusiones

Los ácidos también son arte

Por Natalia Guerrero

La primera vez que me metí un ácido a la boca noté que tenía impresa la forma diminuta de una diosa hindú. Lo recuerdo muy bien; el exnovio que me lo puso en la mano me decía que era Shiva, pero a mí me parecía más Vishnu, la de los cuatro brazos. Nunca pude saberlo bien porque me comí el papelito, que no me supo a nada, y en cuestión de horas las nubes, el lago y las montañas se pusieron rosadas.

Luego del primer trip llegaron muchas otras cosas, entre ellas la mayoría de edad. Llegó la inspiración, el amor por el otro, las noches en vela después de las fiestas, las conversaciones donde uno pensaba haber descubierto los secretos del universo, los libros de Caicedo, el de Las puertas de la percepción, de Huxley, la fijación con los patrones psicodélicos y la ropa de colores, esas ganas incontenibles de escribir cuanta mierda hippie pudiera, esa maldita cruda química y, sobre todo, esa sensación definitiva de que la vida me había cambiado para siempre.

‘Eden in the Propelleres of Time’, por Ciaran Shaman. Foto vía.

Naturalmente con el ácido llegaron más ácidos. Me comí uno de colores, uno con una Hello Kitty encima, también me reencontré con Shiva o Vishnu y me la volví a comer. Me comí uno con una bicicleta y luego me comí a un tipo en bicicleta, que luego me fui a enterar que era Albert Hoffman, un químico suizo que, entre otras cosas, fue el primero en sintetizar y probar LSD puro. El hombre vivió más de 100 años.

Así como todo llegó, se fue. Me di cuenta de que ser hippie no era el camino, los ácidos empezaron a saber raro, la gente empezó a malviajarse y ya nada volvió a ser igual. Sí, es cierto que los ácidos te cambian la vida, pero solo un poquito.

Sin embargo, a pesar de haberme retirado de ese psiconautismo al que muchos le entran luego de probar los ácidos, siempre me quedó la duda de quién imprimía esos diseños. Es decir, ¿a quién en la vida se le ocurrió empezar a estampar dioses hindúes encima de un papel que aparte estaba empapado en droga? ¿Qué tipo de papel era? ¿Era cartón paja, cartulina, papel periódico? ¿Qué nos estábamos comiendo, aparte de lo obvio?

‘Alice in Wonderland’, firmada por el escritor Ken Kesey. Foto vía.

La respuesta me llegó de la mano de Desirée Glanville y Andrew Bradt, dos artistas dedicados a esto, una técnica artística que con el tiempo se llamó blotter art, que hoy ya poco tiene que ver con el LSD. Blotter es una especie de papel secante que no es tóxico si se come y mantiene fijas las impresiones. Ambos artistas me aseguran que a pesar de que no es tan conocida, esta forma de arte tiene su pequeña cabida en el medio, con artistas, mercados y compradores. Pero no siempre fue así con esta droga, o al menos eso es lo que afirma Mark Mc Cloud, el tipo que más ha coleccionado ácidos en el mundo y que conoce esta sustancia desde sus orígenes, cuando en 1968 empezó a distribuirse desde Nueva York de manera legal, de la mano de un químico del bajo mundo que se hacía llamar Ghost May: “en esa época les decían los 5×20, porque repartían cinco gotas de LSD puro en una pequeña tarjeta de papel, de la que salían 20 trips”.

Para Desirée, esta artista holandesa que a pesar de ser la primera en su país en hacer blotter art nunca ha probado los ácidos, la historia se remonta a un año antes que eso. “Cuando el LSD todavía era legal se vendía en píldoras, cubos de azúcar u otros elementos comestibles. Los dealers en esa época estaban muy orgullosos de su producto y querían diferenciarlo dentro del mercado del LSD, así que con el tiempo las píldoras adquirieron diferentes formas y colores, para que los consumidores supieran fácilmente de qué dealer provenía el producto”.

‘Age of Aquarius’, por Desirée Glanville. Foto vía.

Pero la fiesta no les duró mucho y prohibieron el ácido en la segunda mitad de la década, en 1968, considerando su posesión en Estados Unidos un delito menor y su venta un delito grave. “Lo chistoso de todo esto es que las sentencias se hacían con base al peso del producto en el cual encontraban la sustancia, entonces si encontraban a una persona con una dosis de LSD encima de un cubo de azúcar que pesara un gramo, iba a recibir la misma condena que una persona que llevara encima un gramo de LSD, suficiente para 10,000 dosis. Fue obvio que todos empezaran a elegir los materiales más livianos para portar sus drogas, y todos vieron el papel secante como el medio perfecto para dosificar y distribuir LSD: no pesa nada, es absorbente, puede ser perforado fácilmente para dosificarlo, y los dealers podían marcarlo sin problema”. Fue en este momento donde se creó el puente que unificaría las drogas y el arte psicodélico.

Andrew, que originalmente estudió diseño gráfico, me asegura que al comienzo los papeles no se veían como ahora: “las primeras hojas de blotter que salieron estaban hechas en papel Litmus y eran del tamaño de fichas bibliográficas. Luego, en los setenta, el papel ya se veía más como ahora, cuando estalló toda una subcultura artística que empezó a imprimir imágenes en los blotters y perforarlos para dosificarlos con LSD”. Algunos trabajos eran propios, pero la mayoría eran copias de artistas o imágenes de personajes populares; algunos estaban felices y otros convulsionando por saber que sus obras o sus caras terminarían impresas sobre un montón de papeles con droga. “Todavía se sigue teniendo la impresión de que el blotter art es ilegal por la conexión que ha tenido durante años con la cultura de las drogas, y sigue sin reconocerse como una forma de hacer arte que genera cierta conexión cultural alrededor del mundo”.

‘Harbinger of Darkness’, por Andrew Bradt. Foto vía.

Por ejemplo para Andrew, sus mayores referentes son Alex Grey, M.C. Escher y Salvador Dalí. “Mi arte también se ve muy influenciado por la música, la naturaleza, la religión, el reino animal, la astronomía, la astrología, y la fantasía… siempre intento mezclar todo esto en mis trabajos”. A diferencia de Desirée, Andrew sí ha comido LSD, pero en ningún momento ha querido que esta droga determine su obra: “no siento que mi trabajo sea necesariamente un vistazo a la típica experiencia física con LSD. Tanto la gente que lo ha probado como la gente que no, me han dado excelentes retroalimentaciones”.

El caso de Desirée es más extraño, porque aunque nunca ha probado esta droga ni piensa hacerlo, veía de manera natural lo que uno ve bajo los efectos de ella. “Cuando era bebé recuerdo que veía formas y colores volando en el aire en forma de patrones, luego, cuando entré al kinder, dejé de verlas. Diez años después vi la imagen de un fractal, y fue un momento que cambió mi vida. Los reconocí inmediatamente ¡Eran las figuras que veía cuando era bebé!”. Esta artista también me confiesa que la sinestesia ocurre en ella de manera natural, que siente sabores en su boca cuando ve colores, tal como uno de los efectos más potentes del LSD en nuestro cuerpo. “Cuando veo una paleta de colores acertada, se me empieza a hacer agua la boca, fácilmente puedo empezar a babear por culpa de una flor, o una mariposa, porque se ve deliciosa”.

Blotter con el perfil de Timothy Leary, escritor y psicólogo en pro del uso de sustancias psicoactivas. Foto vía.

De los sesenta para acá no solo han cambiado los diseños, sino la forma de concebir esta técnica, que, como dije antes, se fue afianzando como arte. “Hay incluso un museo y todo”, me dice Desirée, que también me asegura que la mayoría de blotter art que se hace hoy por hoy, no contiene drogas, que ahora las impresiones son litográficas, y que se hacen con tintas vegetales, encima de papel que no contenga cloro.

Desirée vende sus diseños a 45 dólares, Andrew en 20. Ambos hacen ediciones limitadas, que a medida que se van agotando, suben de precio. “Los ‘vanity blotters’ (como llama Desirée a los blotters de hoy en día) son creados más para ser coleccionados, que para ser consumidos. Este mercado se está expandiendo cada vez más, así que las impresiones tienen que ser más duraderas, con un papel mucho más firme, y tintas más indelebles”.


Ambos artistas hacen un trabajo muy diferente a lo que uno concebiría impreso encima de un blotter; un trabajo más oscuro, mucho menos psicodélico, mucho más elaborado, más consciente. Como si el trabajo se hubiera concebido después de lo contemplativo del trip, y no en medio de la locura lisérgica, como parecía haberse dado en los sesenta, con esos diseños simples, coloridos y repetitivos. “Al comienzo los blotters tenían un diseño como de ‘científico loco’, porque los que decidían qué imagen poner en el blotter eran los químicos que sintetizaban la droga”. Pero tanto Desirée como Andrew concuerdan en que durante esas décadas, los diseños de los blotters comenzaron a hacerse a manera de statement en algún momento, una declaración en contra de la política de la época, o simplemente una broma popular. “Eran días especiales”, me dice Desirée. “Se vivía una especie de renacimiento. Las drogas y el arte se volvieron aliados para expandir nuestra mente, para ir más allá de nuestras limitaciones naturales, invitándonos a ser más conscientes y a producir ideas radicales, revolucionarias”.

Blotter con una de los famosos graffitis de Banksy. Foto vía.

Es decir que en algún momento, por allá en los setentas, estas copias repetidas de una imagen o el sello de algún traficante emprendedor que quizo ir a la fija para diferenciar el producto, habían dejado de ser solo eso. Alguien se había fijado en el potencial de la técnica y lo había llevado más allá, convirtiendo esta droga en lienzos miniatura, que uno se podía tragar. Mc Cloud, el coleccionista, sigue tratando a sus blotters como si fueran las hostias de una misa, como los elementos de un ritual místico que pone a comulgar a las drogas y el arte dentro del cuerpo de uno, y no sigo porque se me salió la hippie interior. Ahora con estos vanitty blotters, son los artistas los que deciden qué diseño estampar. Los tiempos han cambiado y ahora se trata más de un proceso de manufactura: un diseño específico se imprime encima del papel absorbente, luego la perforación de este papel en pequeñas estampillas, la numeración de cada estampilla, la firma del artista y finalmente ¡paff! Entran al mercado. Nada de LSD por ningún lado.

Sin embargo, a ninguno de estos dos artistas les molesta en absoluto que esta forma de arte se siga asociando con esta droga, teniendo en cuenta que durante más de medio siglo este fue el vehículo para portar la sustancia, y lo sigue siendo. A Andrew incluso le alegra la asociación: “me parece increíble que este sea un tipo de arte con el que la gente no solo se conecta, sino que puede ingerir y con el que puede alucinar. Me pone muy feliz imprimir mi arte en este papel porque estoy compartiendo mi trabajo de una manera que genera impacto en el público, de una manera contracultural”.

‘Sacred Garden’ por Amanda Sage. Foto vía.

A Desirée la asociación no le disgusta. “Aparentemente la vida en este planeta es un intento por lograr expandirse de cierta manera”, explica Desirée, quien también es enfermera psiquiátrica, y conoce de primera mano los efectos curativos del LSD como terapia post trauma en sus pacientes. “El ácido tiene un tremendo impacto en el arte, la música y la literatura, y la gente que lo usa siempre habla de haber tenido una experiencia que le cambió la vida, muchos sienten que estuvieron de cara a cara con Dios. Todos se vuelven más cariñosos, más pacíficos, y mucho más conscientes de sus pensamientos y sus acciones, ¿Cómo alguien va a estar en contra de eso?”

‘Pigs’, por un artista desconocido. Foto vía.

Fuente: vice.com

Sobre el autor

Cristina Civale

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