Crónicas destacada El artista

Paul Klee en el Pompidou

Via ABC.es por Juan Pedro Quiñonero  

El Centro Pompidou propone una revisión espectacular del puesto de Paul Klee (1879-1940) en la historia del arte contemporáneo, rompiendo con la tradición de las vanguardias difuntas. Figura esencial y singular en la historia del arte contemporáneo, Paul Klee siempre ocupó un puesto particular en el corazón y en la periferia de todas las vanguardias de las cuatro primeras décadas del siglo XX. Angela Lampe, comisaria de la retrospectiva «Paul Klee: la ironía en marcha»(Centro Pompidou, hasta el 1 de agosto), propone una revisión que deja parcialmente al margen las historias tradicionales del arte contemporáneo, invitándonos a descubrir otras perspectivas, mucho más fructíferas, sin dudas.

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A través de doscientas cincuenta obras de los fondos del Zentrum Paul Klee de Berna y de numerosas colecciones públicas y privadas, Angela Lampe propone siete recorridos / secciones muy pedagógicos. De entrada, la comisaría propone revisar una faceta esencial y mal conocida de Klee: los dibujos satíricos de su primera juventud creadora. Revisión muy feliz: el joven Klee comienza por ser un observador encantado de la realidad más cruda. El cronista irónico de la vida nocturna que frecuentan los maestros del «Blau Reiter», en Múnich, Colonia y Berlín, todo lo ilumina y transforma con una pureza de ángel de la guarda, tocando las cosas y la silueta de los seres humanos con una gracia que redime sus melancólicos descarríos urbanos por unas ciudades donde se escucha las trompetas del Apocalipsis que no tardará en llegar.

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La segunda sección de la retrospectiva está consagrada a las variaciones cubistas del primer Klee. Se trata de un cubismo lírico. Klee descubrió en Túnez (1914) su fascinación por el color. Pero había descubierto Italia años antes y más tarde descubriría Egipto. Su cubismo está impregnado el aura misteriosa de formas iluminadas por el resplandor que no siempre tiene el cubismo de Braque o Picasso. A través de las relaciones de Klee con Dada y el Surrealismo, el artista comienza a cobrar una madurez temprana y definitiva, paradójicamente alejadas de la tradición vanguardista canónica.

 

 Sabíamos que, en cierta medida, dadaístas y surrealistas comenzaron por echar los cimientos de nuevos mundos oníricos, abriendo la mirada a otros mundos interiores y exteriores, que estaban en la conciencia del hombre moderno, atormentado por los cataclismos de entreguerras. Klee nos cuenta por lo menudo esa bajada íntima a los infiernos de una Europa caída de hinojos ante los campos de batalla de la primera guerra mundial (1914-1919). Los seres humanos se han convertido en marionetas sufrientes de un teatro de la crueldad donde se hunden todos los valores de nuestra civilización. En las ruinas de tales cataclismos florecieron todas las vanguardias clásicas. Ángel de la guardia de un gran arte difunto, negándose a precipitarse él mismo en el pozo sin fondo de las vanguardias que vendrían (expresionismo abstracto, etcétera), Klee pinta muchos ángeles. Ángel de la historia, Angelus Novus… esos ángeles de Klee son seres de ilusión que contemplan el eterno retorno de las catástrofes históricas con su piedad redentora.
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Una de las joyas excepcionales de esta exposición es el espacio consagrado a dos obras maestras excepcionales, la legendaria acuarela «Angelus Novus» (1920) y la aguada «Presentación del milagro» (1916). Esas obras, que hoy son propiedad del Museo de Israel y del MoMa neoyorquino (tras unas peripecias del más alto simbolismo cultural), fueron propiedad de Walter Benjamin. Han sido reunidas por vez primera en una exposición. Y merecerían por sí solas un estudio erudito comparado, para reconstruir su puesto excepcionalmente singular en la historia del arte, si se recuerdan los textos de Benjamin y Gershom Scholem, dos figuran igual y radicalmente singulares en la historia del pensamiento contemporáneo.

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La retrospectiva se cierra con dos secciones monográficas, consagradas a los años de crisis de Klee y a sus relaciones con Picasso. Klee descubrió a Picasso tras la retrospectiva consagrada al genio malagueño en Zurich en 1932. Como ocurrió con Gargallo y otros grandes maestros, ante Picasso, Klee advirtió muy pronto el carácter «diabólico» y «caníbal» de la parte saturnal de la obra picassiana. Y decidió preservar su propia identidad, alejándose de las sirenas picassianas que coqueteaban con la «muerte» del arte. Años antes, Picasso había propuesto a un joven poeta negro, más que «prometedor», Léopold Sédar Senghor, este programa nihilista «Debemos continuar siendo salvajes». A Klee no se le oculta el riesgo devastador de tal programa. Y prefiere como Gargallo- ser fiel a su propia identidad, atormentada.

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El Klee de la madurez definitiva, camino del fin, es un hombre y un artista en crisis, en una Europa en crisis, dirigiéndose al abismo de un nuevo Apocalipsis concentracionario y devastador. Hombre y artista en crisis. Pero en pie y más joven que nunca, contemplando el mundo atroz que se hundía a sus pies con la devoción y piedad del Ángel de la guarda que siempre fue. El arte agonizaba en los campos de batalla y los campos de concentración. Pero el artista, Klee, contempla el eterno retorno de la catástrofe preservando las semillas del mundo que sería necesario volver a construir, cuando todo se hubiese perdido. Menos la palabra y las luminosas artes de la mirada.

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