Artistas

Carlos Herrera: al hueso

Todo empieza con una escultura que decora una iglesia de su Santa Fe natal: la escena narra el éxtasis de San Francisco de Asís, líder del movimiento popular que renovó el cristianismo en la Edad Media, al momento de recibir los estigmas de Jesús. Una escena de la infancia del artista argentino Carlos Herrera cargada de simbología como cualquier imagen religiosa, y que en el presente ya no devuelve la misma resonancia. Veía esa imagen de niño y vaya a saber qué cosas le pasaban por el cuerpo. La emoción es tan misteriosa como el desapego. Pasaron los años y ya siendo adulto y artista respondió a un interrogante complejo en pocas palabras: “Sugeriría leer mi obra sin pasión”.

La vara roja, representación del estigma que atraviesa el pecho del místico religioso en esa escultura de los recuerdos, se fue desprendiendo de su trascendencia original para volverse, en palabras del artista, el punto de partida material de Deshuesado, su última muestra. La vara se volvió hierro fino y largo, elemento que compone el conjunto de obras minimalistas desplegadas en la galería Ruth Benzacar, resguardadas de la multitud por fuerza mayor; la pandemia acentúa cierto clima de contacto íntimo, aunque también frío y solitario.

El tormento, el éxtasis y lo infiel son los tres momentos que componen el recorrido de la muestra; palabras que aluden a la pasión religiosa y al pecado más que a la desafección, y que señalan las contradicciones con esos objetos a lo que intenta, fallidamente, encerrar en un significado.

El tormento es una rosa roja clavada en lo alto que flota de una pared blanquísima. Es la única obra en la sala y ese hecho la acorrala: le exige develar un supuesto poder simbólico a todos los ojos que la miran. “Deshuesado confirma mi esfuerzo por construir desde la ausencia”, dice Carlos Herrera en el texto que se puede leer en esta misma sala casi vacía, texto al que nos arrojamos para que nos devuelva un sentido que se intuye reticente. Ciertas pistas asoman y nacen las primeras inquietudes: ¿Se puede crear desde la carencia de la pasión? ¿Qué hay más allá de la humanidad de los objetos? ¿Qué pasa cuando solo queda su valor intrínseco, su materialidad, su forma?

Algunas de las definiciones del termino éxtasis son “la culminación de la posibilidad humana; la visión o unión con alguna entidad de otro mundo; lo que está fuera de uno mismo; estado elevado de placer”: enunciaciones que se vuelven la contracara de estas obras desapasionadas, de estos resabios de recuerdos.

El término también da nombre al segundo momento, compuesto por la pieza más importante: es la traducción material de aquel recuerdo de la infancia. Una base hecha de tres hierros que forman algo parecido a un triángulo, la estructura de una carpa, o las líneas de una figura humana; unos ramos de crisantemos vueltos hacia abajo en proceso de disección que cuelgan de esta base; un conjunto de hierros semicirculares que dan la impresión de ser un tórax humano y una vara de hierro roja que atraviesa ese pecho encarnando el estigma que produjo el éxtasis.

La representación de aquella escultura se volvió en el presente un objeto sin fin ni moral, escena vaciada cuya contracara no es más que el exceso de sentidos posibles. Desprenderse de su significación original es como desprenderse de la carne hasta ver el hueso. Si el hierro es la base material de la muestra, el éxtasis, o más bien su recuerdo hueco, es la base conceptual: de San Francisco de Asís experimentando la crucifixión, el amor y el perdón solo queda la estructura, la cáscara.Al tercer momento, lo infiel, lo componen la mayoría de las obras que integran la muestra. A pesar de compartir espacio mantienen distancia y prudencia, cada una aislada como una forma de conservar su expresión mínima, su desapego.

Herrera cuenta que para esta ocasión creó los objetos desde cero. Anulada cualquier funcionalidad previa, lo que se ve es su armazón: hierros rojos y negros ensamblados de tal forma que parecen, si no camas y escaleras reales, apariencias de éstas, manifestaciones platónicas de una verdad (tal como las obras religiosas), además de ser objetos de pasaje o reposo revisitados una y otra vez por la historia del arte.

Este proceso de deshumanización, de borrar la carga emotiva para observar y analizar como un científico los componentes materiales de las obras, a fin de cuentas devela la utopía del artista. Ese lugar de la conciencia a donde pretende llegar es inalcanzable; la propia naturaleza humana, el fuego interno de sus manos que trabajan la materia y el inconsciente manifestado en las noches (“podría afirmar entonces que esta muestra es lo más parecido a lo que queda grabado en mi almohada”) contradicen el proyecto de despojo total. 

Entonces a las estructuras frías les nacen tallos, en la escalera despojada descansa un pedazo de pan, una sábana cortada cualga de una cama, una frazada y una corona de rosas cuelga de otra: elementos cargados de humanidad y emocionalidad. Esas rosas, las que cultivaba junto a su padre floricultor, nacen a pesar de la sequedad que las rodea, a pesar de que sus tallos se vuelven negros: la pulsion de vida (y muerte) se refugia en sus espinas que siguen creciendo. Los títulos en el mismo sentido: “Durmió como los muertos y se despertó hambriento”, “Una nube de tristeza”, o “La piel de un ave no llora” son frases por un lado crípticas y que a su vez parecen querer explotar de sentido; y no hacen más que abrir una falla por donde se cuela el recuerdo, la sensación o emoción que se creían desterrados. “Nocturno” es quizás la más visceral de las obras de esta serie, cuatro arañas pequeñas que arrastran huesos, como esos huesos desparramados en el campo que son despojos de lo que alguna vez fue un ser vivo. 

La obra del artista, personal e íntima, no refiere al mundo que está afuera sino a lo que sucede en su fuero interno: “las obras hablan de mi” dijo en alguna entrevista. Todo pareciera estar resumido en las imágenes que se forman en su mente y cuyo sentimiento se fue evaporando con el paso del tiempo. Quizás llegue el día en el que ya no pueda siquiera recordarlas, y entonces habrán dejado de existir. Su desdoblamiento en obras de arte puede que sea un último gesto de retenerlas, de no perderlas para siempre.

Carlos Herrera analiza fríamente su trabajo: “sin remontar paraísos perdidos, sino instalado en el presente, estas obras parecieran aterrizar para ejecutar las sombras de mis pensamientos”. El asunto está entonces en develar las sombras: solo el arte es capaz de acceder a esos terrenos pantanosos del inconsciente.

Fotos de Nacho Iasparra, gentileza de Galería Ruth Benzacar

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Triana Lopez Baasch