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Un gesto pertinente: Anish Kapoor en el Parque de la Memoria

Por Florencia Batitti*

Presentar la exposición de Anish Kapoor en el Parque de la Memoria resulta sin duda un orgullo pero, fundamentalmente, nos parece un gesto pertinente, dado que, desde sus inicios, este espacio confió en la escultura contemporánea como una práctica artística idónea para entablar –junto con la arquitectura, el paisaje y el Río de la Plata– un diálogo sensible y plural con el monumento que conmemora a las víctimas del terrorismo de Estado en la Argentina. La pertinencia la encuentro en la capacidad que poseen tanto la obra de Kapoor como el Parque de la Memoria de generar una experiencia estética de alto contenido simbólico, que provoca en espectadores y visitantes no solo un estado de introspección y reflexión personal sino, además, una profunda conexión con lo social, con la dimensión comunitaria que se aloja en todo individuo. Kapoor se define a sí mismo como un artista abstracto, al que el lenguaje de la abstracción le permite construir mitologías. En realidad, sostiene que todo artista concibe mitologías y ficciones, y que las obras son abordadas y leídas a través de ellas. Pero, ¿cuáles son estas mitologías que construye Anish Kapoor? Una de las que más le interesan –y que atraviesa gran parte de su cuerpo de obra– es la del mito de origen, la ficción del objeto autogenerado o autocreado, una idea que proviene de su formación cultural mixta en la que se entrecruzan la tradición de la escultura occidental contemporánea, por un lado, y sus raíces culturales y religiosas, por el otro.

Destierro, site specific. Medidas variables, 2017

Para Kapoor, el «yo» no es el determinante de toda expresividad artística, sino un medio, un vehículo a partir del cual la obra puede cobrar vida propia, nutriéndose de carga expresiva o, mejor dicho, simbólica. Es este concepto que proviene del hinduismo el que inspira su preocupación por dotar a sus obras de un poder simbólico singular, idea que, a su vez, es reforzada por una postura antidiscursiva frente a su propia producción (en varias ocasiones ha señalado que su rol como artista no es ser «expresivo» ni dar mensaje alguno, puesto que él, en realidad, «no tiene nada para decir»). Así, como todo artista que cimienta y desarrolla una poética propia, a cada paso de su trayectoria Kapoor toma decisiones pero, en su caso, estas no se dirigen hacia acentuar en la obra su propia subjetividad autoral (aunque, por supuesto, la marca de autor siempre está presente), sino más bien a elaborar universos semánticos de carácter ambiguo y paradojal, en los que el campo de interpretación se expande de manera incierta, provocando ex profeso sensaciones que fluctúan entre el asombro y la perplejidad. Tanto el propio artista como la crítica especializada han señalado que lo mítico es un importante componente en la obra de Kapoor, un ingrediente que reafirma su concepción de las obras de arte no como meros actos de expresión individual, sino como vehículos de mitologías colectivas. Así, sus búsquedas y preocupaciones adoptan en sus obras soluciones técnicas muy diversas, materiales, escalas y proporciones de índole muy variada; no obstante, en todos los casos, las cualidades formales de sus esculturas cobran una importancia primordial. En este sentido, resulta interesante comprobar que, en el contexto de un presente exacerbado, en el que nuestras nociones espacio-temporales son permanentemente transfiguradas por flujos digitales cada vez más presentes en todos los órdenes de la vida, la obra de Kapoor aparece como una inscripción disidente, como una llamada de atención sobre la importancia de la relación física, corporal, entre la obra y el espectador, ya que, para él, es este vínculo directo y presencial el que propicia un estado particular de percepción y un modo singular de mirar, sentir y pensar. Un vínculo que Kapoor construye programática y cuidadosamente, renunciando a volcar en sus obras el ego artístico de la autoexpresión para, en cambio, movilizar potencialidades y recursos que empoderen las obras mismas, cargándolas de la fuerza evocadora que poseen determinadas formas, colores, materiales y texturas, de modo que sean ellas las que hagan aflorar sentimientos y reflexiones en quienes las aborden.

Dos momentos de “Imagine blue”. Medidas variables. 2003-2017

Que sean las obras mismas las que nos recuerden que existen fuerzas reales y tangibles que se encuentran más allá de nuestra comprensión racional. Así sucede particularmente con Anxiety (Ansiedad), una pieza que, tal como señala el curador de la muestra Marcello Dantas, se distingue entre todas las del reportorio artístico de Kapoor. Una obra en la que el vacío ocupa el espacio y, aunque inaudible, el sonido es percibido. Cuando una obra de arte está bien resuelta, funciona como una suerte de dispositivo lanzador de interrogantes. A veces su accionar nos captura de inmediato; otras, el juego dialéctico entre la obra y su espectador demora un poco más en activarse y ponerse a funcionar. Pero si una pieza nos atrapa (como suele ocurrir con las esculturas de Kapoor), una cadena de asociaciones de todo tipo se dispara sin control y es probable que un cú- mulo de sensaciones se arremoline en nuestro pecho y provoque cierta inquietud, cierta urgencia por decodificar, por comprender, por explicar…

Rumbo a la instalación sonora “Anxiety”

Sin embargo, esa sensación de perplejidad, ese fulgor enigmático que exudan las obras de Kapoor parece no admitir respuesta. Tampoco se trataría de resolver un acertijo (¿Cómo lo hizo? ¿Dónde está el truco?). Por el contrario, las preguntas que se plantean entre nosotros y sus obras se instalan allí y allí se quedan, en la eterna forma de una incerteza, de un bello y sigiloso enigma. De alguna manera, las esculturas de Kapoor parecen obstinadas en insistir en la naturaleza irresuelta, siempre abierta e inconclusa de la obra de arte y, quizás, esta sea la razón por la que siempre volvemos a abordarlas con la frescura y el anhelo de la primera vez. La dimensión política que implica realizar en un espacio de memoria público y gratuito la primera exposición de uno de los artistas más relevantes de la escena del arte contemporáneo mundial –uno de los pocos que goza del respeto de la crítica especializada, de la consagración del mercado y del interés sostenido del gran público– no debería pasar inadvertida. Una exposición de estas características siempre constituye una instancia privilegiada de enunciación y de alta visibilidad. En un territorio como el nuestro, en gran parte poblado por inmigrantes que arribaron por el mismo río que fue tumba anónima de miles de desaparecidos, revisitar y resignificar aquellas memorias a la luz del drama de los desterrados y excluidos del presente resulta sin duda un gesto pertinente.

 

*Texto escrito para el catálogo de la muestra

 

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