El artista

La muestra de 2018: Pablo Suárez en MALBA

Es imposible pensar la obra de Pablo Suarez sin pensar en la historia del arte argentino de las últimas décadas. Es más, la obra exige un revisionismo de su derrotero por diferentes movimientos, estilos, instituciones y talleres. Es así como en la totalidad del recorrido se asientan las ideas que el artista estuvo masticando toda su vida.

“Hay que saber bajarse del tren antes de tiempo”. Esta es la lección que un joven artista aprendió a partir de observar a su alrededor, de comprender que el mundo elitista e intelectual de clase media alta era tan frágil como una obra conceptual y que podía derrumbarse en cualquier momento. Se bajó antes de tiempo y comprendió que su padre, un empresario exitoso que cayó en desgracia, no logró hacerlo, cuando tuvo que desajustar la soga que asfixió su cuello y que provocó que sus ojos sobresalieran de sus órbitas. Se bajó de otros tantos lugares, como del Instituto Di Tella (“Esta gente no tiene la más mínima preocupación por estas cosas, por lo cual la legibilidad del mensaje que yo pudiera plantear en mi obra carecería totalmente de sentido”) o de la mediación innecesaria de críticos y curadores (“Yo no podría soportar que viniera un tipo a colgarme una muestra. Son cucarachas”). Y se metió de lleno en la materia, en la narración, en la parodia, en un lugar donde hacer arte y vivir eran prácticamente la misma cosa.

Nació hace 81 años en Buenos Aires. Murió hace 12 esta misma ciudad, aunque hacía un tiempo vivía en Colonia, Uruguay, donde había logrado comprarse su primera casa, según cuenta la leyenda, con el dinero que ganó por el Primer Premio Fundación Costantini ´99.

Este 2018, desde el 23 de noviembre hasta el 18 de febrero del año próximo, MALBA presenta una gran retrospectiva: Pablo Suarez, Narciso Plebeyo curada por Rafael Cippolini y Jimena Ferreiro. Según el texto curatorial, “la exposición propone repensar su rol y producción en diálogo con la tradición artística y cultural de nuestro país. Por otro lado, los curadores resaltan que “el proyecto hace foco en los temas que aborda (…), donde prevalece lo ‘plebeyo’ como la perversión de la forma y síntoma de la cultura degradada”.

Sus primeros pasos como artista los dio a comienzos de los años 60, en el contexto del informalismo, de la mano del artista Alberto Greco. La primera muestra individual en la galería Lirolay en 1961 da cuenta de este breve momento en su historia. Pocos años después se unió a los conceptuales: participó de la realización de la “Menesunda” de Marta Minujín y Rubén Santantonin y formó parte del ciclo Sobre Happenings de Oscar Masotta y de Experiencias ´67. Aquí se produce el primer quiebre. Laura Batkis (historiadora del arte y pareja del artista durante muchos años) recuerda lo que el artista afirmaba una y otra vez casi como un mantra: el arte no tenía que ser explicado; el arte conceptual presentaba una imposibilidad moral; el arte contemporáneo era un código para una élite.

El desvío lo encontró en Tucumán Arde, pero pronto se dio cuenta de que no se puede mezclar arte con política. Se refugió en las sierras para volver tiempo después con más fuerza y determinación, con un convencimiento atroz de que el arte debía producirse en el taller, con las propias manos, para todos, el pobre y el rico, el ignorante y el culto.

Ya volcado a un camino en donde la obra producida constituía su propia identidad indeclinable como artista y persona, en los ´70 y ´80 retomó el espíritu de aquellos bustos de mujeres exuberantes y feas (“Muñecas Bravas”) y se arrojó a la pintura y escultura como modo de representación de aquello que observaba, de lo que estaba oculto pero intensamente vivo en las calles del barrio de Mataderos.

Durante esta época, en la que formó parte del grupo Periferia con artistas como Oscar Bony y más tarde del Centro Cultural Rojas, junto a Miguel Harte y Marcelo Pombo, la estrella indiscutida fue Narciso, el hombre desnudo, grotesco, de ojos saltones, despojado de la belleza y la delicadeza. El chongo. Ese hombre es lo que es. Suarez, hombre fino y berreta como Narciso, se vio contenido en la tradición pictórica y escultórica de artistas como Fortunato Lacámera (naturalezas muertas e interiores), Florencio Molina Campos (lo caricaturesco), Alfredo Gramajo Gutiérrez (el costumbrismo), y por su puesto Antonio Berni, de quien fuera asistente. Pero con su obra fue más atrás en la historia, pasando por el barroco de Caravaggio (Medusa, Narciso) hasta el renacimiento de Andrea Mantegna (crucifixión) y Sandro Boticcelli (El nacimiento de Venus).

La muestra de MALBA es simple, llana y sin pretensiones curatoriales, como a él le hubiera gustado. Comienza con un recorrido cronológico infomativo a lo largo del pasillo que antecede a las salas. Textos curatoriales se mezclan con registros fotográficos, folletos de exhibiciones, notas periodísticas y la famosa carta de renuncia al Di Tella. En la primera sala conviven obras del informalismo, bocetos de la época, pinturas y esculturas de sus “Muñecas Bravas” y de los chongos, algunas fotografías también de desnudos masculinos y el Narciso de Mataderos, mirándose embelesado frente al espejo. El camino lleva a una sala ambientada como living, donde cuelgan cuadros, naturalezas muertas de flores, retratos de hombres, todas obras de temática y factura realista. A la vuelta de estas ambientaciones nos recibe un caballo observando un paisaje rutero desértico, “Los que comen del arte”.

A partir de aquí las obras se vuelven cada vez más exuberantes, patéticas, irónicas, depresivas y graciosas. Un cristo cargando una inmensa cruz, una cabeza cortada con ojos desorbitados dentro de una concha, otra cabeza clavada en un palo, un hombre cavando su propia fosa, otro hombre desnudo con las piernas abiertas dentro de otra concha, otro con fiebre en la cama, otro en cuatro “patas” estirando la ropa con sus propias manos, otro entre basural que se enfrenta a una serpiente, un ciempiés humano trepando una columna…

“Dicen que el Chacho ha muerto, no sé si será verdá, que se cuiden los salvajes si vuelve a resucitar”; “Ante todo cuidá la ropa (y que Dios te cuide el culo)”; “El perla, retrato de un taxi boy”; “Sandwichongo o Sandwichera”: son títulos que no hacen más que acentuar su rechazo a cualquier lectura que se aleje de la narración que el artista impone. Telgopor, cortina de baño, esmalte sintético, plástico, pelucas, yeso pintado: materialidad que no hace más que acentuar el significado de sus obras, obras populares sobre el bajo mundo, la prostitución y la marginalidad. Relato y materialidad son los responsables del tono humorístico, burlesco y trágico de sus personajes. Nada está fuera de la obra.

Hacia el final de la muestra se presenta la emblemática obra “Exclusión”, una pintura a la fuerza (así lo imponían las bases del Premio Costantini) que es más bien escultura y que representa a un hombre colgado del tren. La obra que irónicamente lo incluyó porque le dio un hogar y confirmó por enésima vez su inserción en las grandes instituciones legitimadoras del arte. La obra que irónicamente representa un tren del que supo bajarse décadas atrás, cuando comprendió que afuera, lejos de las instituciones, de los agentes culturales, de los marchands y snobs del arte “está dándose el Hombre, la obra: diseñar formas de vida”.

 

 

 

Sobre el autor

Triana Lopez Baasch

Triana Lopez Baasch